RETOMAR A HABICH
Investigación para la producción
Javier Sota Nadal
Cumplimos ciento veinte años de trayectoria institucional habiendo superado en el período reciente la agresión terrorista. El reto actual es proyectarnos al futuro retomando los objetivos que en su momento auroral nos planteara el ingeniero Eduardo de Habich.
Verdad es que la sociedad peruana actual es muy diferente a la de 1876. Entonces nos caracterizaba una producción que mayoritariamente era de corte señorial y las cuatro quintas partes de nuestra población vivía, al decir de González Prada, "en la vertiente oriental de la cordillera", ajenos al Perú formal de la costa.
En la segunda mitad del siglo XX el Perú ha vivido una auténtica revolución demográfica que está recreando las condiciones mismas de la vida nacional. Sin embargo, la tarea de la modernización industrial no ha sido completada, y el mundo contemporáneo nos está exigiendo afrontar en forma simultánea la materialización de una economía industrial y nuestra incorporación en el marco posindustrial de la llamada "sociedad de la información". Por eso, nuestra vuelta a Habich tiene un sentido renovador que corresponde a las condiciones que caracterizan a la época actual.
El presente artículo recoge las primeras secciones del documento que un grupo de profesores preparamos para las elecciones internas de 1995. Tiene la ventaja de no ser una mera exposición personal y trasmitir, más bien, un estado de ánimo colectivo que nos orienta en el período rectoral en curso. Luego he incluido acotaciones que aproximan al lector de manera más puntual a nuestras reflexiones en 1996. Confío en que los círculos académicos, empresariales, profesionales y de liderazgo público a quienes van dirigidas estas páginas, puedan aquilatar la profunda determinación que tenemos docentes y estudiantes de la UNI por contribuir a la inconclusa modernización del Perú.
La visión del fundador
A las 3 de la tarde del 23 de julio de 1876, en un corto discurso ante el Presidente Manuel Pardo, Ministros de Estado, profesores, futuros estudiantes e invitados, el ingeniero polaco Eduardo de Habich marcaba definitivamente el camino de nuestra institución. Leyó entonces: "Las diviciones (sic) de la escuela corresponden a las principales necesidades del país, cuyo porvenir material depende de la extención (sic) de sus vías de comunicación, del desarrollo de la explotación de sus riquezas minerales, del fomento de sus industrias y principalmente de su industria agrícola ligada por circunstancias climatológicas con obras hidraúlicas de irrigación artificiales. Las demás industrias hallarán también su lugar en el desenvolvimiento progresivo de la enseñanza de la Escuela".
Discurso definitivo el de nuestro fundador. Con la mesura propia de los ingenieros enuncia la finalidad de nuestra institución: atender las principales necesidades del país; y sabiendo que ellas son múltiples, las precisa para dar operatividad institucional a la antigua Escuela. Señala que nos compete realizar "el porvenir material", y para que no quepan dudas de la misión histórica a cumplir, visualiza que otras "industrias hallarán también su lugar en el desenvolvimiento progresivo de la enseñanza de la Escuela".
La comunidad universitaria de la UNI -docentes, estudiantes, egresados- ha tomado conciencia de la importancia de este mensaje que, a nuestro entender, sella para siempre lo que modernamente se denomina nicho funcional de una institución, ante el cual ha de juzgarse los proyectos y los logros.
Pensamos que el cumplimiento de nuestra tarea histórica no contradice, antes bien, integra intereses múltiples: del país en cuanto a ciencia y tecnología; de los estudiantes al conformar un centro de calidad que acredita sus títulos; de los docentes, que así reivindicarán en la práctica sus derechos académicos, profesionales y
salariales. El discurso de Habich, por estas razones, es el referente para analizar nuestra historia, nuestro presente y el horizonte futuro.
La Excelencia Profesional
Con excepción de los años trágicos de la ocupación chilena, atendiendo las demandas de la matriz productiva peruana, la Escuela formó con excelencia el cuerpo de ingenieros del Perú. Si desde lo alto observamos el territorio nacional, comprobamos que todos o casi todos los trazos han tenido origen en proyectistas y constructores de la UNI: carreteras, puentes, explotaciones mineras, obras hidráulicas, edificios.
A la UNI, antes Escuela de Ingenieros, concurrían en calidad de docentes o estudiantes los que algún lugar anhelaban tener en el logro del desarrollo del marco físico peruano. En esos tiempos el objetivo profesional insumía las energías de la institución, cumpliéndolo con calidad y éxito. Ser docente o alumno de la UNI era más que una distinción universitaria, un rango, una predestinación. La UNI ha contribuido a cargar de alto valor social en el Perú las palabras ingeniero y arquitecto. La conjunción de los mejores profesionales en ejercicio, de los estudiantes más destacados de la República y la adscripción de los sectores productivos, público y privado, hicieron de la UNI un excelente centro de formación profesional universitaria. Sin embargo, salvo excepciones, la investigación no fue una preocupación institucional. Esta etapa culminó con dos grandes rectores: Mario Samamé Boggio y Santiago Agurto Calvo.
La UNI, como toda institución, es vida y es dialéctica. A la vez que alcanzaba la máxima altura relativa en cuanto a profesionalización vio emerger en su seno, reflejo de la sociedad, la discusión política que cuestionaba con razones, desde distintos ángulos, el Perú de los sesenta. Toma de conciencia que, mal desarrollada, produciría posteriormente graves daños a la Universidad.
Los partidos e ideologías hicieron sentir su presencia en la UNI como desde décadas atrás lo venían haciendo en San Marcos. Cierto es que la politización en sus inicios se planteó con altura sin llegar a afectar las bases institucionales; sin embargo, es preciso anotar que las mayorías docentes y estudiantiles se mantuvieron al margen. Quizás por ello el dogmatismo y la liquidación del contrario devinieron luego en práctica política real en nuestra universidad.
Sintetizando decimos: la UNI hasta los setenta realizó una labor de profesionalización excelente, con rasgos pluriclasistas -concurrían todas las sangres- aunque sin un prospecto significativo para la investigación y, por tanto, sin encarar el desarrollo del postgrado. Hasta 1970 fuimos consecuentes con la consigna de Habich, aunque sólo con parte de ella.
Tiempos de agonía
La UNI fue una de las instituciones que en 1968 vio con simpatía las acciones y el discurso del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada. Ya desde inicios de los sesenta el Ing. Fernando Noriega Calmet, docente de la UNI, había asumido el asunto de la Brea y Pariñas y la International Petroleum Company como argumentos para la formulación de una política petrolera nacionalista; y en la Facultad de Arquitectura se soñaba con una reforma urbana que resolviera los problemas habitacionales de la época. Eran explicables estas actitudes positivas frente a un gobierno que, aunque dictatorial, ofrecía profundas transformaciones al país. Esta simpatía informal no produjo ningún rédito al desarrollo de la institución.
El Gobierno Militar se había propuesto construir un capitalismo de Estado en el que por suspicacias políticas las universidades, siempre contestatarias, no tuvieron lugar. En vez de apostar por ellas las marginó e invirtió en investigación creando una red de institutos bajo su férula y a salvaguarda del clima universitario que en aquella época se caracterizaba por continuas movilizaciones estudiantiles. Es la etapa del desencuentro entre el Estado y la Universidad y, como la inversión pública mediante las estatizaciones pasó a predominar en el esfera productiva, fue también el inicio del desencuentro entre Universidad y producción.
La Universidad por esta marginación fue haciéndose prescindible coincidiendo con la politización que había ya ingresado al campus. Las fuerzas que la impulsaban se empeñaron, desde sus particulares perspectivas, en marcar los límites ideológicos del Gobierno Militar presionando por reformas más radicales aún. Como consecuencia de esta tensión, advino una aguda politización estudiantil acarreando convulsiones y la secuela de huelgas y paralizaciones en el claustro.
La UNI devino poco atractiva para el empresariado y los profesionales que hasta los 60 y primera parte de los 70 habían tenido en la Universidad un lugar pertinente. En los años 80 optaron por un camino distinto: la alternativa de las universidades privadas.
Las condiciones políticas y sociales, la falta de liderazgo y la irresponsabilidad de los partidos a los que se sumó la suspicacia del Gobierno Militar alejaron a la UNI del camino señalado por Eduardo de Habich. En lugar de tratar técnicamente los problemas del Perú se pretendió resolverlos sólo desde la perspectiva política.
Por diversas circunstancias en el período 1980-1985, pese a las buenas intenciones, nada positivo se concretó en favor de la UNI. Al contrario, abandonando la racionalidad centralista del CONUP, después CONAI, el Parlamento aprobó una desencaminada ley universitaria. El artículo cuarto de la Ley 23733 defiende inútilmente los derechos universitarios que los siguientes 93 artículos niegan.
En el seno de una UNI marginada y prescindible, Sendero Luminoso y un sindicalismo capturado por ideologías radicales quisieron hacer de nuestro campus un laboratorio de ensayo para dominar conciencias y pisotear dignidades. Usaron la violencia inescrupulosamente exacerbada y fríamente administrada. Robos y asaltos al rectorado y oficinas administrativas, huelgas prolongadas, captura de locales y rehenes, voladura del más importante laboratorio de la UNI, el CISMID, y, lo más demencial, el asesinato del Dr. Abelardo Ludeña Luque, importante profesor de la Facultad de Ingeniería Mecánica -crimen que la UNI no debe olvidar ni pasar por alto-, son hechos que jalonan el plan que el terrorismo y la violencia sindical orquestaron para amedrentar autoridades, forzar su renuncia y tratar de imponer en su lugar débiles de carácter, cómplices por miedo u oportunistas de profesión.
La UNI, la que todos queremos y defendemos, no lo olvidará. Recordamos cómo las dirigencias sindicales de docentes y administrativos de 1989 a 1992 contribuyeron con acciones, silencios y asentimientos al designio del terrorismo de querer destruir nuestra institución. Nada más vergonzoso en la historia de la UNI que la actitud que asumió la ADUNI frente al cuerpo sin vida de Abelardo Ludeña. Con su silencio y ausencia fueron cómplices de quienes, con la coartada de luchar por un Perú mejor y distinto, no dudaron en asesinar y sacrificar a la institución.
El reencuentro con Habich
1991 fue el año de mayor peligro para la UNI. Arreciaron las acciones del autodenominado Comité de Lucha de Comensales que se identificaba con Sendero, las del TUNI, también cercano a esas posiciones, y las prolongadas huelgas de los trabajadores administrativos dictadas por consignas políticas que nada tenían que hacer con un proyecto universitario.
Pretendieron destruir el sueño de Habich y no lo consiguieron. En la mejor muestra de la tradición institucional, el cuerpo de la comunidad universitaria reaccionó y luchó denodadamente para reencontrar el camino del cumplimiento de sus responsabilidades históricas. Cientos de estudiantes y profesores y la dirección universitaria, Consejos de Facultad y Consejo Universitario, emprendieron la batalla para salvar a la UNI.
La comunidad libró esta lucha en solitario, sin auxilio alguno del Estado ni de la sociedad civil. La mayoría de políticos, sordos y ciegos por el temor, prefirieron ignorar una situación que bien conocían antes de denunciarla y acudir en defensa de la Universidad.
A pesar de tan grandes obstáculos se inició la ejecución del programa delineado en 1989, que perseguía los siguientes objetivos: a) relacionar a la UNI con las demandas reales del aparato productivo estatal y privado; y b) organizar la oferta de bienes y servicios de la institución a la vez que generar una mentalidad empresarial y productiva en la Universidad.
El aislamiento de las posiciones criminales y terroristas dentro de la UNI, obra de la acción colectiva y la firme voluntad de las autoridades reunidas en el Consejo Universitario, logró primero establecer una unidad de pensamiento y acción para cerrar filas en defensa de la institución y, a partir de ello, articular un conjunto de acciones que permitieran avanzar en la consecución de estos objetivos.
Los objetivos mencionados constituyeron una estrategia pragmática para reconstruir la Universidad: la única manera de superar los agudos problemas existentes era salir al mundo externo para obtener los instrumentos y recursos que requería la Universidad.
No bastaba que desde la ANR la UNI abanderara la consecución de la importante ley del FEDU, la única conquista significativa para las universidades públicas en el quinquenio 90-95. Se requería otro tipo de acciones. Es así cómo a partir de 1991 se desplegó un agresivo programa de relaciones interinstitucionales con los sectores públicos, muchos de cuyos titulares eran nuestros egresados, también con organizaciones empresariales como la SNI e IPAE. Paralelamente se ejecutó un plan para mejorar la imagen institucional mediante el acceso a los medios de comunicación televisivos, radiales y escritos. Como resultado de estas acciones sustentadas en la capacidad técnica de nuestros docentes se logró constituir importantes empresas; y, lo que es más significativo, se obtuvo un lugar único en el mundo universitario: ahora, la UNI forma parte de la vida empresarial del país. La UNI asiste a los eventos empresariales como socia antes que como invitada.
Este aprestamiento empresarial no se agota en postulados rentistas, tiene, en sentido estricto, el profundo significado del ¿para qué servimos?, certera interrogante académica.
Estamos persuadidos de que los pasos dados nos conducen a la más profunda revolución académica de la Universidad: la UNI tiene que responder con calidad y eficacia a las necesidades reales que plantea la producción, antes que atender meros esquemas ideológicos que se inician y terminan con el deber ser pero carecen de vías para enfrentar el cómo y el hacer concreto de las cosas.
Los retos del presente, la Investigación Universitaria y la modernización
Ahora, en 1996, es el momento para precisar algunos conceptos.
En primer lugar hay que decir que la universidad no es exclusivamente una entidad dedicada a la formación de profesionales. Es una errónea definición que ha llegado a convertirse en la más frecuente entre nosotros: la de universidad "profesionista". Es decir, que produce profesionales con mayor o menor eficacia. Sin embargo, hay otra definición que enriquece la anterior, la de una universidad investigadora. Muchos piensan que la investigación abstrae o desconcentra a la universidad. Todo lo contrario. La investigación no es un aspecto abstracto sino el más concreto de la universidad. Aborda la satisfacción de una necesidad específica.
Para dar el salto hacia la investigación se requiere con frecuencia un proceso de reestructuración, o de "reingeniería", como dicen hoy. Lo más importante es que la universidad tiene que definir a la sociedad en la que vive. En la UNI algunos hemos sido radicales. Somos un politécnico dedicado a la ciencia y a la tecnología, y nuestro trabajo se materializa en el campo de la producción y la empresa. No quiero decir que estas palabras agotan nuestra visión de la sociedad. Los contenidos tecnológicos tienen que estar enmarcados en un marco humanista, de tolerancia y respeto democrático. Pero estos conceptos de la sociedad son funcionales a nuestra oferta científica y tecnológica. Tienen que ver con que las obras hidráulicas se hagan de manera adecuada o que las carreteras se construyan bien. Ese es nuestro objetivo porque ésa es la demanda de la sociedad.
Sin embargo nuestra meta enfrenta un estrecho límite: hay muy poca inversión en investigación. El Perú es el único país de la América Latina que en la última década no ha recibido préstamos para el desarrollo de la investigación en ciencia y tecnología. Un país como Brasil, en cambio, ha recibido cinco o seis préstamos del BID y otras instituciones. Un préstamo o una inversión de este tipo no está en la agenda inmediata que aplica el país.
Consideremos cómo se ejecuta nuestro presupuesto. En el rubro de remuneraciones se cumple aproximadamente lo previsto, en Obras recibimos apenas 35 ó 40% de lo asignado y, finalmente, en Bienes de Capital, que tiene que ver con equipos y microscopio, no recibimos prácticamente nada de lo establecido en la ley presupuestal. Claramente, se ignora y se obstaculiza el potencial investigador de la UNI.
Para determinar la importancia de esta omisión basta comparar con nuestro vecino del sur. En Chile siempre hubo, incluso en la época de Pinochet, un gran apoyo a la investigación. Las universidades chilenas siempre han privilegiado la investigación científica y tecnológica, lo cual dio lugar finalmente a la creación de industrias propias. Hoy en Chile el 30% de sus exportaciones viene del sector industrial. En el Perú, apenas el 25% de sus exportaciones viene de su industria. La industria es fundamental porque eslabona la producción, articula el mercado interno, exporta valor agregado y genera empleo calificado; empero, no hay industria posible sin ciencia y tecnología.
No estoy proponiendo una asignación de recursos indiscriminada para la investigación. Pero si se invierte con racionalidad, sabiendo con qué fines y cuáles son nuestras necesidades, con no mucho dinero podemos lograr investigaciones capaces de solucionar requerimientos reales e inmediatos de la modernización productiva peruana.
Nuestro Modelo
A manera de resumen final, y luego de haber trazado algunas pinceladas sobre nuestro devenir histórico y las enormes dificultades que la UNI ha debido superar en años recientes, debo repetir que venimos construyendo un nuevo modelo universitario en el ámbito de las universidades públicas. Si la sociedad en abstracto es el fin último para la universidad, la UNI prefiere señalar a sus componentes concretos para librarse de equivocaciones, estos son: La Empresa, El Sector Público (central, regional y local), Las Comunidades Nativas y Campesinas y Los Pueblos Jóvenes; a ellos dirige su acción, cuyo rumbo y propósito asegura, señalando que el nicho funcional y específico que le compete es el marco físico y productivo de la sociedad peruana.
Esta opción implica múltiples compromisos y retos, a la vez que resuelve profundos problemas de la vida universitaria. Si la autonomía universitaria es función de la autonomía económica, la UNI es la más autónoma de las universidades públicas, gracias al modelo que desarrolla.
Desde hace dos años genera por cuenta propia más de la tercera parte de su presupuesto, adelgazando de esta manera la dependencia del Tesoro Público. Si la teorización es una enfermedad recurrente, la UNI ha encontrado la cura abordando directamente el orden y calidad de la demanda de la sociedad real.
Se podría pensar que esta universidad estuviese cayendo en una peligrosa vertiente pragmática camino a la mediocridad académica, sin embargo, para nosotros no hay teoría sin práctica. Reemplazamos la reflexión sobre un Perú de discurso por uno real y concreto al que nos interesa servir. En el esfuerzo de involucrarnos estamos confrontando problemas reales de donde han de surgir soluciones eficaces.
Para la UNI de 1996 la relación con el Gobierno Central debería basarse en un proyecto de inversión en activos de investigación para atender necesidades de aprestamiento y desarrollo tecnológico de la producción. Propugnamos, concretamente, que este proyecto de inversión en tecnología sea definido de manera conjunta con los gremios empresariales y las Fuerzas Armadas para que se garantice su pertinencia. A manera de adelanto, ya tenemos firmados convenios con gremios empresariales como la Sociedad Nacional de Industrias y la Cámara Peruana de la Construcción e, igualmente, hemos suscrito un convenio con la Marina de Guerra.
Nos esforzamos en articular el rigor académico y la iniciativa empresarial sin perder el norte de una institución cultural y formativa. Queremos autocentrar la formación profesional, los estudios de posgrado y la investigación en los problemas que plantea objetivamente la matriz productiva peruana. Alentamos a cada Facultad para que defina proyectos estratégicos que permitan el posicionamiento en alta tecnología de acuerdo a las demandas del desarrollo.C
iento veinte años después de su creación, la Universidad Nacional de Ingeniería está reencontrando la vocación que animó a sus fundadores, enriqueciéndola, comoes natural, con el desarrollo de nuevas fuerzas sociales que hacen del Perú a fines del siglo XX un país capaz de sintetizar finalmente sus milenarias raíces andinas con la fenomenal transformación cultural, tecnológica y económica del mundo contemporáneo.
Vemos con optimismo las dificultades del presente porque nos alientan las generaciones pasadas y el empeño que ellos pusieron para que nuestra institución académica perdure más de un siglo. El modelo que propugnamos de estrecha integración entre actividad universitaria y mundo de la producción proyecta esta herencia al siglo venidero.
ANEXO
Metas y Objetivos (1995-1999)
Adecuar la oferta académica, científica y tecnológica de la UNI a las demandas reales del aparato productivo del país y a las obligaciones que devienen de los objetivos contenidos en el programa de apoyo social del Estado.Retener y reincorporar a los docentes más calificados de la institución mediante incentivos económicos y condiciones de trabajo más favorables, con el objeto de responder a los retos académicos y de servicio que la institución se ha propuesto.
Modernizar y equipar laboratorios en función de las demandas reales del sector empresarial. Reafirmar la línea de financiamiento múltiple potenciando todas las fuentes: Tesoro Público, Ingresos Propios, Recursos de Endeudamiento, Cooperación Internacional y Donaciones.
Nuestras Alianzas Estratégicas
La concepción tradicional de una universidad aislada e inútilmente contestataria ha sido superada por nuevas y superiores ideas que, sin abandonar el fin supremo de servir a la sociedad, propugnan encontrar verdaderos caminos para transformarla positivamente. Dirigimos nuestros esfuerzos a los que, en verdad, nos debemos. Ellos son destinatarios de la acción universitaria. Así hemos superado definiciones generalistas de la sociedad. La UNI tiene como nicho funcional específico la acción en la estructura tecnológica e industrial del Perú; en consecuencia, interactúa en esta dimensión específica con: El Poder Ejecutivo, la empresa, los gobiernos locales y regionales, las Comunidades Nativas y Campesinas, los establecimientos tecnológicos de las Fuerzas Armadas.
Propuesta a los Poderes del Estado y a la Opinión Pública
Solicita la discusión y dación de una nueva Ley Universitaria en la que cada universidad, pública o privada, encuentre la libertad que le permita desarrollar su propia vocación y llevar al límite sus potencialidades académicas, científicas y tecnológicas orientándolas al desarrollo nacional. Ofrece la formulación de un proyecto nacional de inversión en ciencia y tecnología que atienda las necesidades de la producción nacional y articule la empresa con la Universidad.