LA ESCUELA DE INGENIEROS EN EL SIGLO
XIX
De la creación a la postguerra con Chile
Michel Fort (*)
Al conmemorarse el primer cincuentenario de la Escuela de Ingenieros del Perú es deber ineludible trazar, aunque sólo sea a grandes rasgos, la labor desarrollada por élla, sin interrupción alguna, desde su fundación hasta este día.
Desde la época colonial la enseñanza del laboreo de las minas fué constante preocupación, pues la riqueza minera del Perú, puesta en evidencia desde los más remotos tiempos, hacía indispensable conocimientos esenciales para su explotación.
Siguiendo este concepto indiscutible, el Congreso nacional expidió la ley del 20 de enero de 1875 que disponía el establecimiento de la Escuela de Minas, facultando ampliamente al Gobierno para organizarla, contratando en el extranjero el personal conveniente.
La presencia de distinguido personal profesional en el Cuerpo Central de Ingenieros del Estado, llamado "Junta Central de Ingenieros", hizo más fácil esta labor, y aprovechando de estos valiosos elementos y de la ley de 18 de mayo de 1875, que autorizó al Gobierno para formular el Reglamento General de Instrucción, reuniendo en una sola escuela las especialidades de Minas y Construcciones civiles, que tan interesantes son para el desarrollo de la vida nacional, expidió el Reglamento orgánico que, con el voto de la junta consultiva de instrucción pública, fué aprobado por la resolución del 18 de marzo de 1876, siendo Presidente de la República el señor don Manuel Pardo y el Ministro de Instrucción el señor doctor don Manuel Odriozola.
El 9 de mayo de 1876 fué nombrado el primer personal de la Escuela, siendo designado como Director de élla, quien había intervenido en su creación con toda abnegación y con toda la confianza que trae consigo la fe en los altos destinos, el señor ingeniero don Eduardo J. de Habich, de imperecedera memoria, por cuanto fué el padre inteligente, laborioso, exponente superior de una intelectualidad enérgica y disciplinada, con cuyo concurso se estableció sobre bases inconmovibles el edificio hermoso e invulnerable de la ingeniería nacional.
La resolución pertinente dice así: "Siendo necesario designar el personal con que debe funcionar, por ahora, la Escuela de Ingenieros de construcciones civiles y de minas, en armonía con el reglamento orgánico del 18 de marzo último; nómbrase director del establecimiento a don Eduardo de Habich".
Los colaboradores de este insigne maestro fueron:
En la Sección de Construcciones Civiles:
Don Francisco Paz Soldán, para Topografía.
Don Francisco Wakulski, para Caminos y Puentes.
Don Ladislao Kluger, para Ríos, Canales y Puertos.
Don Eduardo Brugada, para conferencias de Arquitectura y Dibujo.
En la Sección de Minas:
Don Pedro Jacobo Blanc, para Docimasia.
Don José S. Barranca, para Metalurgia general, encargándose en esta última sección de los cursos de Topografía y Dibujo, el mismo personal de la sección de Construcciones civiles.Por decreto del 22 de julio de 1876, se nombró profesor de conferencias de Economía Política y nociones de Estadística, al doctor don Pedro Manuel Rodríguez, quien debía también servir el cargo de tesorero, puesto que fué declarado anexo por decreto de 26 de julio de 1876.
En la misma fecha se dispuso que la Escuela ocupara una parte del local de la Universidad Mayor de San Marcos para su uso exclusivo, y se mandó tomar un terreno colindante, cuya adquisición definitiva se obtuvo en 1879, parte que sólo pudo aprovecharse después de la guerra nacional.
Los primeros pasos de la organización de la Escuela fueron, pues, guiados por Habich, hábil ingeniero, espíritu enérgico, susceptible de eliminar dificultades, apóstol de la disciplina y cultivador incansable de la enseñanza técnica profesional, cualidades que puso siempre al servicio de la Escuela, logrando establecer como principios fundamentales, el orden y la disciplina para lograr la eficiencia en el trabajo.
A él debe la Escuela su vida floreciente; a sus iniciativas, las sucesivas evoluciones de élla, que trazaron una orientación bien definida que perdura y debe perdurar al través de los tiempos, para asegurar el buen éxito de la ingeniería nacional. Fué, pues, el padre de la gran familia que constituye hoy la especialidad más valiosa para el desenvolvimiento de las fuerzas naturales del país y para la extracción y aprovechamiento de los ingentes tesoros naturales que encierra el territorio dentro de sus confines.
Inicio de Actividades
Bendito el instante en que la Providencia, acudiendo en favor del futuro grandioso del país, permitió entregar a Habich la dirección de esta Escuela, después de haber contribuído en su organización, pues Habich fué devoto convencido de su obra, a la que se consagró sin reservas y que sólo abandonó un tercio de siglo después, cuando, por ley inexorable, dejó de existir.
Bajo tan favorables auspicios el gobierno del señor don Manuel Pardo, contribuyó a la formación de este instituto nacional y el 23 de julio de 1876 tuvo lugar la apertura solemne de la Escuela, habiendo comenzado a dictarse los cursos desde un mes antes.
Como era insuficiente la preparación de los alumnos que pretendían ingresar a la Escuela, desde la apertura de élla se creó una sección preparatoria, procediéndose a este respecto en conformidad con lo que ocurre en todas las Escuelas especiales de países más adelantados, como Francia, Italia, España, Alemania, Estados Unidos, no obstante la difusión de la enseñanza de las ciencias exactas y las numerosas Universidades. En una palabra, desde entonces había quedado probado que la enseñanza técnica profesional del ingeniero requiere una preparación particular, y para atender a esta sección preparatoria, fué nombrado, por resolución suprema del 25 de julio de 1876, el señor doctor don José Granda para la Revisión de las matemáticas elementales; y para los cursos de Cálculo infinitesimal, Geometría analítica y Mecánica, fueron designados, por resolución del 1º de mayo de 1877, los profesores Wakulski y Kluger y, como adjunto, el doctor Maticorena.
Después del ensayo hecho en 1877, se expidió por el Supremo Gobierno el reglamento interior de la sección preparatoria, así como el programa de exámenes para los candidatos al ingreso a la Escuela.
Fueron dos las especialidades creadas en los primeros años de la vida de esta Escuela:
1ª Ingeniería de Minas y, accesoriamente, la de industrias químicas, agricultura y peritaje de minas.
2ª Ingeniería de Construcciones civiles, en la cual se comprendían, también, las aplicaciones agrícolas de la ingeniería, la agrimensura y el peritaje de predios rústicos y urbanos.
En la primera se consideró dos cátedras fundamentales:
a) Docimasia y trabajos prácticos correspondientes, y
b) Explotación de minas, máquinas y preparación mecánica de minerales, haciéndose cargo de ellas el ingeniero Mauricio Du Chatenet y don Esteban Delsol, respectivamente.
En la sección de Construcciones civiles se consideró como ramas fundamentales:
a) El curso de caminos, ferrocarriles y puentes, con resistencia de materiales y estabilidad de las construcciones como introducción.
b) El estudio y mejoramiento de ríos y canales de toda clase, obras hidráulicas urbanas y rurales y obras marítimas, haciéndose cargo de estos cursos los ingenieros de Estado, Kluger y Wakulski, respectivamente.
Más tarde, en vista de la carencia de peritos agrimensores de minas, propuso el director de la Escuela, el plan de estudios y reglamentos conforme a los cuales podían obtener el título de peritos agrimensores de minas, quienes estaban capacitados para ejercer entonces el peritaje como tasadores de predios rústicos.
Por renuncia del ingeniero Paz Soldán, fué designado para la cátedra de Topografía don Octavio Pardo, el 21 de junio de 1877, y, por renuncia del señor Brugada, se hizo cargo del curso de Arquitectura el señor ingeniero Teodoro Elmore, el 28 de diciembre de 1876.
Fueron nombrados profesor de Legislación el señor doctor don José R. de Izcue, en 21 de junio de 1878; de Tecnología, el ingeniero Mariano M. Echegaray, en 21 de enero de 1879, y de Economía Política y Geología, los doctores Rodríguez y Barranca, respectivamente.
En esta escuela tuvo origen, también, la enseñanza técnica de Agricultura, encargándose al efecto, en mayo 1º de 1877, de las conferencias respectivas, al inspector de agricultura Juan Bautista Martinet.
Todo el personal extranjero que contribuyó a la organización de la Escuela, procedía de las escuelas técnicas de Francia.
La organización inicial de la Escuela contemplaba el nombramiento de profesores adjuntos que secundasen a los principales asistiendo constantemente a las lecciones de sus respectivas clases para penetrarse del método y del espíritu de la enseñanza, a fin de poder reemplazar a los principales en caso de ausencia -pues generalmente eran ingenieros al servicio del Estado- aprovechando de sus indicaciones, de sus notas, etc.; en una palabra, poniéndose al corriente de todos los detalles del curso y con la ventaja de preparar de ese modo, insensiblemente, profesores para la enseñanza técnica especial.
La preocupación de la normalidad de la enseñanza, tan necesaria para el desarrollo uniforme de ella, motivó la resolución del 25 de julio de 1876 por la que se dispuso que se dictase las medidas que convinieran para que los ingenieros de Estado que, a su vez, eran profesores de la Escuela de Ingenieros, quedasen exonerados, hasta por seis meses, de toda comisión del servicio público fuera de Lima, salvo el caso de que los profesores adjuntos pudiesen hacer las veces de los principales sin perjuicio de la enseñanza.
En 1880 el número de profesores adjuntos era de siete.
La enseñanza práctica de los alumnos estaba complementada por excursiones durante las vacaciones.
Como no era posible sostener en forma conveniente a la Escuela de Ingenieros, sin que contara para ello con los medios necesarios para su funcionamiento y progresivo desarrollo, se dio la ley de 12 de enero de 1877, en cuyo artículo IIº se asignó como fondo especial para el sostenimiento de la Escuela el impuesto de S. 30 anuales por pertenencia minera (art. Iº).
La ley fué completada por otra expedida por el Congreso en octubre de 1879, relativa a la organización de la Escuela, la que en su artículo 9º establecía que la inversión del referido impuesto se haría por una junta económica, cuya composición allí se determinaba.
Creado el Ministerio de Fomento, por decreto de 31 de diciembre de 1879, la Escuela pasó a ser dependencia de él, así como la Escuela de Artes y Oficios.
En esa época fue encargado del curso de Construcción general el ingeniero de Estado don Pablo F. Chalon, completándolo después con el curso de Arquitectura.
Habiendo cesado de funcionar la Escuela de Artes y Oficios en los primeros meses de 1880, se encargó a la Dirección de esta Escuela de formular un proyecto para trasladar la Escuela de Ingenieros al antiguo local de aquélla y agregar a sus cursos propios los de una escuela de contramaestres, organización que no llegó a perfeccionarse.
La Guerra con Chile y la Escuela de Ingenieros
La guerra nacional había comenzado ya a dejar sentir sus funestas consecuencias en la vida normal del país, pero la Escuela de Ingenieros, sin perjucio de continuar, sin embargo, su concurso técnico al Estado, siguió trabajando y en 1880 terminaron sus estudios y obtuvieron el título de ingenieros, los cuatro primeros alumnos de la Escuela, que fueron don Pedro Félix Remy y don Segundo Carrión, en el ramo de Minas, y don Darío Valdizán y don Eduardo Giraldo, en el de Construcciones civiles. En premio de su labor en la Escuela, Remy y Valdizán fueron nombrados profesores adjuntos, como ingenieros de Estado de cuarta clase, habiendo merecido, además, el premio de una estada en el extranjero por dos años, en viaje de perfeccionamiento, que no llegaron a realizar por las circunstancias de entonces.
Las operaciones militares exigían los servicios de todos los peruanos y en esa época gran parte de los alumnos de los cursos especiales abandonaron la Escuela para servir activamente a la Patria, prestándole el fruto de su capacidad profesional, incorporándose al primer ejército del Sur o alistándose en los cuerpos que constituían la Reserva, en calidad de oficiales ingenieros.
Esto produjo, necesariamente, la suspensión de los estudios en 1880, quedando así defraudada la esperanza, fundadamente alimentada, de que la Escuela de Ingenieros diese anualmente un grupo de distinguidos profesionales bien preparados. Pero esa situación no duró mucho tiempo. La Escuela continuó esforzándose por satisfacer los fines para los que había sido creada y publicó el primer tomo de los Anales y organizó sus laboratorios, gabinetes y museos con adquisiciones hechas en el extranjero o en esta ciudad. El Estado contribuyó a esta organización; se compró el laboratorio de Le Blanc y se le incorporó los de la Escuela de Artes y Oficios.
Las muestras minerales de la colección obsequiada por los señores Pflucker Hermanos se acrecentaron con muestras nacionales enviadas por los mineros o recogidas en las excursiones.
La biblioteca comenzó a formarse con los donativos y las adquisiciones hechas en Europa.
La junta central de ingenieros habilitó el gabinete de Topografía y el ingeniero Malinowski donó importantes instrumentos, ejemplo seguido por otras personas que veían con simpatía la labor de la Escuela.
En esta labor de organización, franca y seguramente orientada, se observa la inteligente actividad del director de la Escuela, ingeniero Habich. Nada detiene esa fuerza de voluntad que todo lo vence, hasta que llegó el año 1881 y, con él, la ocupación de Lima por el ejército invasor, después de haberse salvado el honor nacional del Perú en los campos de batalla, copiosamente regado con la sangre de sus hijos, y el local de la Escuela de Ingenieros fué convertido en cuartel. Todo lo que no fué llevado por los ocupantes, fué destruído, no quedando en 1883, sino el local en estado de gran ruina.
Pero esto no fue suficiente para que la Escuela interrumpiese sus labores. Habich y un grupo de colaboradores patriotas y abnegados, reorganiza los estudios, venciendo mil dificultades, y durante la ocupación, la Escuela continua funcionando. De la forma como este grupo de profesores colaboró en la labor de Habich se tiene fiel conocimiento por el resumen del informe que Habich elevó al Gobierno nacional tan pronto como este se hizo cargo del Poder Ejecutivo.
Ocupada la capital de la República por las fuerzas chilenas, los establecimientos científicos y de instrucción fueron entregados a dichas fuerzas, sin garantías de ninguna clase, y transformándolos en cuarteles, corriendo esa suerte la Escuela de Ingenieros, que funcionaba en uno de los claustros del antiguo Convictorio de San Carlos.
El temor de que las colecciones, biblioteca, museos, laboratorios, etc., de la Escuela pudieran sufrir detrimento, hizo que Habich acudiese a la única autoridad peruana que entonces existía en Lima, el Alcalde municipal, a fin de que arreglara con las autoridades chilenas el modo más eficaz de resguardar el material del establecimiento; pero tanto la representación verbal de Habich, como la que por escrito hiciera el citado Alcalde, no dieron resultado alguno.
No obstante estas graves dificultades, con acuerdo del Consejo directivo de la Escuela, se abrió la matrícula debiendo comenzar los trabajos en el mes de mayo.
La Escuela carecía de todo y en particular de local. El señor profesor doctor don José Granda proporcionó entonces un departamento en el Instituto Científico que corría a su cargo, quedando así salvado lo principal y aliviada la mayor de las dificultades. En ese local, tan patrióticamente cedido, la Escuela continuó sus labores hasta 1883, época en que fué trasladada a uno de los claustros interiores del convento de Santo Domingo.
En vista de la ineficacia de las representaciones oficialmente hechas con el objeto de salvar los archivos de la Escuela y los libros de la Biblioteca, Habich se dirigió personalmente el 30 de mayo al coronel Fuenzalida, que era el jefe de la fuerza acuartelada en San Carlos; exigiéndole la entrega de esos objetos y habiéndolo obtenido, se pudo reconstituir, en lo posible, el archivo y una pequeña biblioteca.
Así se logró normalizar la vida de la Escuela, contribuyendo a su funcionamiento las leyes del 12 de enero de 1877 y del 5 de diciembre de 1879 que ponían a su disposición los fondos necesarios. Desgraciadamente solo pudieron aplicarse en muy reducida proporción por el estado interno del país. En el período de 1881-1883 la Escuela percibió como producto del impuesto 1575 soles.
Es deber primordial hacer conocer en este momento histórico de la vida de la Escuela de Ingenieros del Perú como pudo élla resurgir, manteniendo sin interrupción sus labores, y quienes contribuyeron así patrióticamente a sostenerla durante el período fatal de 1881 a 1883.
La Escuela se sostuvo durante el período de tres años con S. 1806,72 y para atender a gastos indispensables del servicio se creó el derecho de matrícula que en el mismo período rindió S. 480.64 plata que sumados a los anteriores, arrojaba un total de S. 2,287.36 destinados a sufragar los gastos de local, aseo, secretaría y sueldos de inspector y amanuense y conserje; el resto fué distribuído entre los profesores que habían tenido trabajo activo, en calidad de buena cuenta de sus sueldos recibiendo cada uno las cantidades siguientes: Principales Adjuntos 1881 S. 94 S. 47 1882 S. 20.69 S. 20.69 1883 nada nada La administración, tan celosamente llevada y enérgicamente mantenida, estaba en manos de Habich y como secretario actuaba el señor doctor Olaechea.
El señor doctor Rodríguez que ejerció las funciones de tesorero desde 1876-1882, fue reemplazado por el señor doctor Izcue, profesor de Legislación, por encontrarse prestando servicios en la campaña de la Breña. La vigilancia encomendada a un inspector y un amanuense, velaba también del aseo y del cuidado del establecimiento, con el auxilio de un conserje. Estos empleados abnegados prestaron constantes servicios que fueron remunerados mensualmente, recibiendo el Inspector amanuense en 1881, S.12.50; en 1882, S. 5, y en 1883, S. 10, y el conserje S. 10, S. 8 en los dos primeros años y S. 10 en el último.
Los profesores que prestaron sus servicios durante el mismo período fueron:
F. J. Wakulski C. I.- Resistencia de materiales - Puentes, caminos y ferrocarri-les. (1881-1883).
M. Du Chatenet.- Metalurgia general y especial y Preparación mecánica.(1881).
J. Torrico y Meza.- Explotación de minas - Teoría de máquinas. (1881). - Octavio Pardo.- Topografía. (1881).
M. Echegaray.- Topografía. (1883). - P. F. Chalon.- Construcción general.<R>(1881).
J. Granda.- Revisión de matemáticas. (1881-1883). Cálculo infinitesimal. (1883).
P. M. Rodríguez.- Economía política. (1881-1882).
J. R. de Izcue.- Legislación. (1881-1883). Economía Política. (1883).
José S. Barranca.- Geología. (1880-1881).
Teodoro Elmore.- Arquitectura (1881-1882).
J. H. Martinet.- Agricultura.Y como adjuntos:
A. García Godos.- Geometría analítica-Mecánica racional. (1881-1883).
J. F. Maticorena.- Geometría Descripti-va. (1881-1883).
Teodoro Elmore.- Construcción gene-ral. (1882-1883).
T. Olaechea.- Mineralogía - Química ge-neral. (1881).
D. Valdizán.- Hidráulica. (1881).
J. M. Avellaneda.- Distribución de aguas - Navegación interior - Irrigación. (1881).
Pedro F. Remy.- Tecnología.
B. J. Jackel.- Dibujo.Además prestaron servicios en esta forma:
Ingeniero Folkierski.- Geodesia.
Ingeniero P. Marzo.- Dibujo. (Desde 1883).
Belisario Lecca.- Topografía.En 1881 hubo matriculados 36 alumnos; en 1882, 46 y en 1883, 48. Desde entonces la Escuela no sólo preparó ingenieros de minas y de construcciones civiles, sino que dió instrucción completa para la agrimensura y el peritaje de predios rústicos y urbanos, así como también consagró sus esfuerzos a las industrias agrícolas y fabril, lo que dió lugar a que muchos de sus antiguos alumnos se dedicaran ventajosamente a esa clase de actividades.
Debido a la abnegación y patriotismo de los señores profesores que colaboraron fervientemente con el director Habich, se salvaron numerosas dificultades, contrayendo méritos para con la Escuela y para con la Nación, llenando entre sí las vacantes que ocurrieron en el profesorado o en la administración de ella.
Las colecciones de la Escuela fueron embargados para el país invasor; la biblioteca y laboratorios fueron destruidos casi totalmente, no habiendo podido obtenerse del jefe acuartelado en el local de la Escuela sino pocos libros y papeles que yacían amontonados como inútiles. Sin embargo, con el reducido número de libros que fué posible rescatar, se estableció la base de la nueva Biblioteca que fué luego aumentada con donativos particulares, adquisiciones directas y canjes con publicaciones de establecimientos científicos de Europa y de América que la Escuela había logrado establecer.
Para la enseñanza de la Química general, los entusiastas profesores Olaechea y Garnier, consiguieron, con la cooperación de los alumnos, algunos aparatos, reactivos, etc. logrando hacer alguna práctica.
Se aprovechó también de un saldo de frs. 4169,50 que estaba depositado en París, para adquirir aparatos y útiles por conducto del profesor Du Chatenet.
También se pudo conseguir la liberación de derechos para estos materiales merced a la intervención amistosa de un entusiasta admirador de la Escuela.
Por decreto del 3 de julio de 1876 se había aprobado la proposición de la dirección de la Escuela, relativa a la publicación de los Anales, cuyo objeto era hacer conocer entre nosotros y en el extranjero las riquezas naturales del país y fomentar, en general, el desarrollo industrial.
Las dificultades de todo género que se presentan siempre, tratándose de una publicación científica de la naturaleza de los Anales, multiplicadas por las condiciones especiales del país y la falta de elementos adecuados, fueron, sin embargo, vencidas, con éxito definitivo.
Y así la Escuela prosiguió lentamente su labor hasta que llegara el momento de su reconstitución, para la cual Habich reclamaba como condiciones primordiales:
1º Destinarle un local adecuado y exclusivo, para que fuera arreglado según las exigencias especiales de la Escuela.
2º Restablecer la Junta económica de la Escuela, siguiendo la ley del 5 de diciembre de 1879, para aplicar, conforme a élla, los medios asignados para su sostenimiento.
Con fecha 24 de octubre de 1883, Habich dirigió al Gobierno nacional la siguiente nota:
"Señor Ministro de Estado en el Despacho de Instrucción Pública.
S.M.
Tengo el honor de elevar a usted el Memorándum adjunto sobre la Escuela de Construcciones Civiles y de Minas que corre a mi cargo y que abraza el período comprendido desde la ocupación de Lima por las fuerzas chilenas hasta la época actual. En él se expresa lo que se ha hecho y lo que pertenece a cada uno de los que han trabajado por el sostenimiento de la institución, en las condiciones tan excepcionalmente graves por que ha atravesado en el espacio de tres años.
Al presentar este informe al Supremo Gobierno por el ilustrado conducto de usted, me anima la esperanza de que nuestro establecimiento, que ha sabido resistir a todas las desgracias que han pesado sobre el Perú, merecerá del Gobierno particular apoyo para recobrar sus fueros y volver lo más pronto posible al estado en que se hallaba antes de 1881, llegando así a la situación que debe ocupar para bien del país que tiene su porvenir íntimamente ligado al de la minería, las industrias, vías de comunicación, etc. cuya enseñanza y estudio es objeto de la Escuela especial de Construcciones Civiles y de Minas.
Dios guarde a usted.
(Firmado) Eduardo J. Habich".
Puede decirse que la labor de la Escuela durante la ocupación fué de preparación a fin de que, restablecida la normalidad, pudiera continuar provechosamente su marcha. Se esforzó, también, para que algunos terminaran sus estudios aprovechando de los escasos recursos y es así como, en 8 de mayo de 1882, se hizo acreedor al certificado provisional de ingeniero de minas don Juan H. Garnier, quien se dirigió entonces a la República Argentina.
La prosecución metódica de los trabajos de la Escuela, en el período de 1881 a octubre de 1883, permitió, igualmente, a algunos alumnos, después de un año de estudios, concluir su carrera y ser titulados en la especialidad de Construcciones civiles, como Emeterio Pérez, Enrique Silgado, Mauro Valderrama y Nemesio Mesa. Otros marcharon a Europa como Juan Elías Bonnemaison, Emilio Basadre y F. y Juan Pardo, los dos primeros a Lausanne y el último a Freiberg, en condiciones por demás honrosas para nuestra Escuela, y salir, más tarde, titulados en ellas.
Nuestros votos de eterno reconocimiento deben saltar hoy de nuestros corazones para con aquellos que supieron cumplir tan abnegadamente su deber de defender la Escuela de Ingenieros de su ruina absoluta.
La reconstrucción en la postguerra
Comienza una nueva era nacional y con ella la de la Escuela bajo la hábil dirección de Habich, quien emprende la labor de reconstitución, venciendo no pocas dificultades y persuadido de que, conservando esta Institución, el país muy pronto reportaría de ella resultados prácticos verdaderamente importantes para el progreso de la Nación.
Librada la capital de la presencia de las huestes enemigas, la Escuela recupera su antiguo local de San Carlos, en estado de verdadera ruina y comienzan entonces nuevamente los esfuerzos para su reorganización. Habich pone, una vez más, su insuperable genio al servicio de esta obra y venciendo mil dificultades, reuniendo elementos dispersos y haciendo con ellos verdaderos prodigios, la Escuela reabre sus puertas en ese local y reanuda sus labores, con toda regularidad, en 1884.
Poco a poco surgen los gabinetes de Mineralogía y Geología, con Olaechea; el de Topografía con Octavio Pardo, cuenta ya con instrumentos para la práctica. El laboratorio de Docimasia parece una dependencia de prospección. La biblioteca toma aspecto de tal por el orden de su instalación y, con el trascurso del tiempo, todo va incrementándose paulatinamente, gracias a donativos y a compras hechas con los escasos recursos disponibles. Entra en proyecto una instalación metalúrgica; obtiénese un antiguo caldero de la Casa de Moneda, que aún hoy trabaja; se adapta una máquina a vapor y quiere la suerte que la Ingersoll Rand Drill envíe una de sus máquinas para exposición pública y sagazmente llevada a la Escuela para su funcionamiento, quede allí para el trabajo de los alumnos.
Se instala una pequeña sección de amalgamación, procedimiento entonces en boga, y allí se trabaja, también, con una pequeña caldera vertical con motor global. Se construye el primer reverbero de tostado de dimensiones minúsculas y se calcina minerales en él; todo bajo la paciente enseñanza de Pedro Félix Remy, a la sazón profesor de Docimasia y de Metalurgia y jefe de los respectivos laboratorios.
Estas dependencias de trabajo se perfeccionaban año a año; y así transcurrieron estos bajo la vigilancia y paternal dirección de Habich, quien tocando cuanto resorte podía rendir algo útil, logró reconstruir la Escuela, cuando en 1888 logra obtener el local que ahora ocupa, más amplio, mejor dispuesto, más adecuado para el desarrollo de la Escuela y allí se establece, después de los trabajos de adaptación de tan vetusto edificio, que, desde el tiempo del Coloniaje, prestó servicios diversos, siendo hospital, cuartel, comisaría, escuela militar y que, por lo mismo, necesitaba serias modificaciones, que fueron terminadas solamente en 1890 con las instalaciones que han dado origen a las que actualmente posee esta Escuela.
Se levantan las galerías altas para los museos de Mineralogía, Geología, Petrografía y Paleontología; más tarde, se aumenta al número de aulas con otras construcciones altas, cerrando el contorno del patio exterior; la biblioteca recibe sucesivas incrementaciones para realizar sus fines. Pero todo esto va quedando reducido ante la labor de la Escuela. Aumenta el número de alumnos cada año, se crean nuevas especialidades y con ellas nuevas exigencias.
Se impone la construcción en la calle de la Manita: primero los bajos, luegos los altos, para dar allí cabida al laboratorio de electricidad y a nuevas aulas de estudios y, por fin, se cierra el circuito que aprisiona hoy el desenvolvimiento de la Escuela con las nuevas construcciones destinadas a salas de dibujo, oficina de pesos y medidas y gabinete de electricidad industrial. Todo está ocupado; se congestionan las dependencias; no es posible ir más lejos y en este estado nos encuentra el cincuentenario que conmemoramos, llenos de júbilo y de satisfacción profesional, al mismo tiempo que vislumbramos un porvenir cada día más lisonjero, pero que exige, como decía Habich, la satisfacción de dos necesidades inevitables: local y fondos para su desarrollo.
(*) Tomado de la "Sinopsis histórica 1876-1926. Cincuentenario de la Escuela de Ingenieros del Perú", publicada por el Ing. Michel Fort, Director de la Escuela, con fecha 23 de julio de 1926, imprenta Americana, 95 p. Se ha respetado la ortografía de la época. Subtítulos nuestros.